Texto por: Bruno Sandstede

Crónica de un recorrido extremo en el Nevado del Ruiz (5322 M.S.N.M) por su cara Nororiental

Una tarde cualquiera conocí en un parque a Santiago Arias, otro montañista de 21 años, quien con el tiempo y después de muchas aventuras juntos se convertiría en uno de mis mejores amigos y camaradas de montaña.

Seis días después de haberle conocido, Santiago me escribía para invitarme a escalar cerca del volcán Nevado del Ruiz en los Andes, Colombia. Yo que me encontraba algo enfermo, le dije (con ánimos de que rechazara mi propuesta y de tantear su espíritu aventurero) que mejor fuésemos directamente al Nevado a hacer cumbre. Para mi sorpresa, me dio una respuesta afirmativa, no sin antes preguntarme, cómo haríamos cumbre con el Nevado del Ruiz cerrado por amenaza volcánica. Le respondí que conocía un camino no vigilado por la cara Nororiental, que a pesar de ser más pesado que el camino tradicional, podría tener certeza de que no nos molestaría la gente de parques naturales.

El nuevo colega me recogió cerca de mi casa a las 04:00 am y nos dispusimos a hacer el viaje de 2 horas y media hasta el punto en el que debíamos dejar el auto para empezar el trayecto a pie.

Una vez allí, entramos en una casa campesina y pedimos dos tazas de “agua panela”, una bebida derivada de la caña de azúcar que suelen tomar los ciclistas colombianos en las etapas más duras del Tour de Francia.

Salimos de la rústica casa, nos echamos los equipos al hombro y desde los 4.000 m.s.n.m emprendimos el camino a la cima.

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Bruno Sandstede en Suprapáramo a unos 4.600 m.s.n.m.
Fotografía por Santiago Arias.

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Habíamos caminado ya unos 30 minutos, estábamos en el Páramo Salvaje rodeados de cientos de frailejones (la planta insignia de los páramos colombianos) y vimos un águila surcar el cielo. En ese momento recordé una vieja leyenda romana: en la antigua Roma se decía que ver un águila antes de ejercer una misión arriesgada era símbolo de buen augurio. Sonreí y miré a Santiago que se encontraba ensimismado viendo al majestuoso animal. Él, sin apartar los ojos de tan gloriosa ave, me preguntó: “Bruno ¿Crees en Dios?” Quedé un momento pensativo y respondí:

“Hay quienes cada viernes salen por unas copas, quienes cada sábado van al casino por un poco de adrenalina y quienes cada domingo van a misa en busca de espiritualidad.

Nosotros no somos hombres de este tiempo, nosotros vamos cada semana a la montaña porque allá están nuestros templos, vamos a la montaña porque allá la vida y la muerte son cuestiones del azar, vamos, porque la euforia que allí se siente hace parecer absurda la mejor de las fiestas”.

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Fotografía por Bruno Sandstede

Seguimos caminando meditativos para media hora más tarde llegar al límite de páramo con Suprapáramo, es decir, el límite donde la vegetación acaba para dar lugar al clásico paisaje de alta montaña. Unas 3 horas después hacíamos una pequeña pausa al pie de la empinada morrena final que nos conducía al glaciar.

Sacamos unos panes, abrimos un par de latas de atún y nos dispusimos a comer el desayuno montañista por excelencia. Con las mochilas de nuevo en los hombros, sacamos los piolets y empezamos el ataque a la cumbre.

Habíamos recorrido unos escasos 30 metros cuando Santiago con el aliento entrecortado lanzó una de esas frases kármicas que nunca se dicen en alta montaña:

“Al menos nos está haciendo buen clima”.

Y tal como si la montaña lo hubiese escuchado, una niebla espesa cubrió todo.

-Ahora hay que tener mucho cuidado -dije- debemos procurar caminar hacia la derecha, pues a la izquierda tenemos unos acantilados de más de 70 metros de altura. Así pues, sacamos la brújula y con ella corregíamos el rumbo cada vez que se despejaba la bruma.

La exigencia se empezaba a marcar cada vez más, las condiciones de la morrena hacían que por cada tres pasos que diésemos nos devolviésemos uno. Nos encontrábamos con cantidades de nieve cada vez mayores y la profundidad de la morrena aumentaba. Viendo nuestro torpe avance le sugerí a mi amigo encordarnos y ponernos los crampones, a lo que él respondió con otra de esas frases proféticas. “Para qué nos vamos a encordar, si aquí no debe haber grietas”.

nevado del ruiz colombia

Santiago Arias.
Fotografía por Bruno Sandstede

Santiago, quien estaba abriendo huella, avanzó solo unos 30 metros después de decir la frase, yo iba atrás a unos 10 metros de distancia, de repente le escuché gritar. Lo miré, y vi cómo luchaba por sacar la pierna de una grieta en la que había resbalado. Rápidamente me quité el equipo para sacar una cuerda y lanzársela, pero logró salir sin mi ayuda gracias al piolet que él tenía.

Me acerqué, lo abracé y reímos. Mientras tanto pensaba:

“Qué curioso es el espíritu del aventurero, cualquiera con un espíritu citadino hubiése entrado en pánico y quedado atónito por haber estado al borde de la muerte. Nosotros, sin embargo, sólo podemos reír y sentirnos eufóricos, pues ¿cómo no vamos a estar felices de seguir con vida? La montaña nos recuerda con su cruda sinceridad la fragilidad de la vida, puede parecer para algunos una imprudencia o algo extremo ir a tan agreste lugar, pero lo verdaderamente extremo es pasarse la vida sin vivir, porque vivir significa llegar al límite, arriesgar y aventurarse. Quien no arriesga no vive; duerme, duerme en el pesado sueño que es la modernidad, su mayor aventura es la que ve en el televisor, pero aquello no es más que una ilusión, un sueño que su corazón pide a gritos, pero que su razón le niega a capa y espada”.

Seguimos nuestro rumbo a la cumbre y sin mayores dificultades, fuera de las físicas, logramos llegar al “Cráter Arenas” a los 5322 m.s.n.m el punto más alto del volcán. Justo antes de empezar el descenso Santiago se empezó a quejar de no poder ver bien. Yo, que era la segunda vez que lo veía en mi vida, creí que se trataba de una excusa para no descender a buen ritmo. Bajamos encordados y una nevada nos azotó. Unas 4 horas más tarde y sin otros contratiempos llegábamos de nuevo al punto de inicio de la aventura, donde habíamos dejamos el auto y tomado el agua panela.

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Fotografía de Bruno Sandstede

Seguía pensando que todo eso de ver mal había sido solo una excusa de Santiago, así que me sorprendí cuando me dijo que debía conducir de nuevo hasta la ciudad de Manizales, donde habíamos partido. Me acerqué para verle los ojos y percaté que tenía una especie de “tela” blanca cubriendo la cornea, luego sabríamos gracias al oftalmólogo que se trataba de un edema cornéano causado por la acumulación de agua en la cornea y que fuera de la ceguera temporal no había ninguna otra consecuencia.

Subimos al auto y al son del Rock and Roll que sonaba en la radio empecé a manejar por la pésima carretera rumbo a Manizales mientras mi compañero tenía los ojos vendados.

Hablamos buen rato hasta que Santiago asustado me preguntó “¿Crees que es muy grave?”. Yo (aprovechando que él desconocía mi sentido del humor y que no me podía ver) con una sonrisa le respondí:

“¡Yo creo que te vas a quedar ciego güey!”